Termina un trimestre con el desplome de las Bolsas ante las decisiones de Trump. Es lógico que queramos saber qué ocurrirá en el segundo trimestre de 2025, qué ocurrencias vendrán del otro lado del Atlántico, qué nuevos elementos de perturbación internacional veremos y qué impacto tendrá todo ello en las economías mundiales, en los gobiernos y en la sociedad.

Vivimos tiempos en los que la política global parece oscilar entre la improvisación y la irracionalidad, donde las decisiones cruciales dependen menos de la estrategia que de impulsos erráticos. La coyuntura actual nos enfrenta a un futuro incierto, determinado por liderazgos que privilegian el corto plazo y la retórica populista por encima de la estabilidad internacional.

La incertidumbre respecto a la política exterior de Estados Unidos es un reflejo de este caos. Como se señala en Bloomberg, el próximo trimestre traerá consigo preguntas fundamentales sobre la dirección que tomará la administración estadounidense. El factor Trump sigue siendo una variable impredecible en la ecuación geopolítica: si decide distanciarse de Putin, la ecuación del poder global cambiará radicalmente. Y al mismo tiempo, las medidas arancelarias que su gobierno anunciará en próximos días pueden desencadenar una espiral de desconfianza económica y represalias comerciales.

Si la diplomacia se limita a criterios de amistad la confianza de los mercados se deteriora

Este es el tipo de liderazgo que define la era en la que vivimos: gobernantes que lanzan medidas sin evaluar sus repercusiones a largo plazo, impulsados por lógicas egoístas o mal asesoradas. Si los nuevos aranceles de Estados Unidos terminan por aplicarse según la “amabilidad” de cada nación, estaríamos ante un panorama en el que la diplomacia queda supeditada a criterios subjetivos e irracionales. La confianza de los mercados, de por sí tambaleante, podría deteriorarse aún más, y las alianzas históricas se verían trastocadas por decisiones tomadas sobre la marcha.

La ceguera de las sociedades

Pero no solo debe preocupar la falta de visión de los líderes sino también la ceguera de sociedades enteras que, por desinformación o impotencia, continúan otorgando poder a figuras que representan más una amenaza que una solución. La ironía de nuestro tiempo es que aquellos que gobiernan parecen incapaces de comprender las consecuencias de sus acciones, mientras que los gobernados permanecen inertes ante la degradación del orden mundial.

La posibilidad de un regreso al statu quo es un rayo de esperanza en medio del desconcierto. Sin embargo, si algo hemos aprendido en los últimos años, es que el desorden no es un episodio temporal, sino una condición persistente de la política moderna. En una era donde los idiotas gobiernan a los ciegos, la pregunta no es cuándo volverá la estabilidad, sino si alguna vez lo hará.