Pensar en 2024 no basta, piense en 2026. Los riesgos de tipos de interés, la amenaza de un estancamiento económico y las incertidumbres geopolíticas que se han instalado como algo duradero pesan fuertemente sobre los directores financieros que comienzan a temer que las dificultades financieras y de crecimiento pueden ir más allá de 2024 y obligar a situar el horizonte de una nueva etapa de normalidad en los resultados para 2026.

El incremento de los costes de financiación están obligando a primar la liquidez como prioridad número uno de cara a transitar una etapa de tensiones en el crédito y en los mercados de capitales, al mismo tiempo que se opta por una reducción en los gastos que suavice las tensiones financieras internas dentro de las compañías.

La refinanciación de la deuda será un duro caballo de batalla a lo largo de 2024 y previsiblemente hasta 2026

La refinanciación de la deuda será un duro caballo de batalla a lo largo de 2024 y previsiblemente hasta 2026 en la medida que obligará a las empresas a endeudase a tipos más altos que los de los vencimientos, generando un incremento de costes financieros que deberá compensarse en otros ámbitos de la actividad corporativa, llegando a generar determinadas desinversiones e incluso reducciones de empleo.

Por si fuera poco, en el futuro próximo es previsible que la factura tributaria se mantenga y que, por el contrario, las ayudas y subvenciones postpandemia vayan reduciéndose, dos factores que condicionarán el crecimiento corporativo e incluso, en algunos casos la solvencia de algunas compañías.

A todo ello se suma el lastre que puede suponer para el resultado empresarial en los próximos tiempos una inflación que, aunque viene registrando un retroceso en los últimos meses, podría rebotar por factores imprevistos o bien por una relajación de las políticas monetarias.