Financiación “green”: ¿moda o alternativa?

Juan Carlos Villanueva
Juan Carlos Villanueva

Juan Carlos Villanueva

Los “Green bonds” o bonos verdes se han introducido en el ámbito de los mercados de capitales en los últimos años, y, en particular, en España de la mano de Iberdrola, principal emisor, pero también Abengoa, el ICO y más recientemente Repsol. Lo que está por ver es si se trata de una moda o una alternativa que ha llegado para quedarse.

La progresión es aún lenta ya que representa menos del 0,5% del total de emisiones de deuda corporativa que se realizan en el planeta, por lo que se puede decir que sus emisiones brutas y su saldo vivo actuales son aún una gota en el mar de las emisiones totales en renta fija.

Sin embargo, su desarrollo y crecimiento están siguiendo ritmos altísimos en los últimos tres años, lo que revela que estamos ante un fenómeno en vías de consolidación y que puede llegar a representar una porción importante del mercado de emisiones renta fija mundial.

Estamos ante un fenómeno en vías de consolidación

Es posible que en 2007, cuando comienzan este tipo de emisiones, los inversores considerasen que se trataba de un fenómeno puntual en el que invirtieron llevados de la alta calificación de sus emisores, el Banco Mundial y otros organismos supranacionales, y de un cierto interés oportunista por todo lo “verde”.

Índices “forgood”

Ahora las cosas están cambiando, ya que el interés y la demanda de los inversores por todo lo que conlleve una vertiente de sostenibilidad y buenas prácticas corporativas está configurando un incipiente mercado de emisiones sostenibles que cuenta ya incluso con una adjetivo establecido – “forgood” – y con índices internacionales y locales que agrupan a los emisores con una mejor percepción en este terreno, no sólo del público, en general, sino de los propios analistas financieros.

Es por ello que las compañías y bancos que integran estos índices se apresuran a difundir su pertenencia, ya no por razones de imagen sino por considerar que aumenta su reputación ante los analistas y los gestores de fondos, y piensan que atraerá hacia la inversión a determinados colectivos y ciudadanos que están tomando conciencia y se muestran sensibles al cuidado del medio ambiente y los recursos disponibles.

Buena parte de los fondos internacionales de inversión y de pensiones comienzan a destinar una parte de su cartera a este tipo de emisiones, no solo como reclamo sino como parte de esa corriente mundial en favor de las buenas prácticas de gobierno corporativo y los comportamientos más sostenibles en relación con el entorno de trabajo de sus empleados, su conciliación familiar y su crecimiento profesional combinado con el personal.

Los inversores buscan combinar rentabilidad con valores a favor del desarrollo sostenible y las buenas prácticas

Refuerza aún más lo imparable de esta tendencia el hecho de que emisores e inversores en torno a los bonos verdes no traten de subvertir la lógica de los mercados o de la financiación empresarial, en cuanto a rentabilidad o liquidez, sino solo combinarla con otros valores que pueden ayudar a un desarrollo más equitativo, más limpio y más enriquecedor del tejido empresarial, los ciudadanos y la sociedad.

Los bonos verdes son activos de renta fija, bonos u obligaciones semejantes a los bonos convencionales simples o senior, con una similar estructura de diseño y generación, distribución y colocación que aquellos, pero destinados a la realización de proyectos verdes, de carácter sostenible, cuyos inversores se sienten atraídos por los dos factores: su rentabilidad, similar a la de otros activos de deuda y su carácter de inversión en proyectos sostenibles.

Origen y volumen

Habitualmente se sitúa su origen en torno a 2007 con las primeras emisiones realizadas por el Banco Mundial. Desde entonces, esta institución ha emitido más de 6.000 millones de dólares en este tipo de bonos, en casi 20 divisas distintas.

Sus emisiones verdes se han destinado a proyectos basados en energías renovables o transporte e industrias limpias en países como Perú, China, México, Túnez, Sudáfrica, Armenia ó Colombia. A estos organismos supranacionales se han ido sumando entidades municipales y locales como e incluso instituciones diversas, incluido el MIT de Massachusetts.

Sin embargo, se ha extendido el interés y la posibilidad de su utilización en la financiación empresarial por el hecho de que en los últimos dos o tres años se hayan sumado a esta fórmula los emisores corporativos en Europa y Estados Unidos, e incluso en China donde se observa una actividad especial en este tipo de bonos, quizá para combatir la imagen de despreocupación por los efectos sobre el medio ambiente que muestra buena parte de su industria.

El sector de utilities e infraestructuras se encuentra al frente de esta nueva marea, aunque se han ido sumando otros sectores, hasta el punto de que en 2016 la participación de los emisores corporativos y las entidades bancarias suponían cerca del 80% del total de este tipo de emisiones, mientras los organismos públicos aportaban sólo el 20%.

Con todo ello, el mercado de bonos verdes está creciendo de forma espectacular hasta llegar a casi 90.000 millones de dólares en 2016, una cifra que duplica ampliamente el volumen registrado en 2015.

Las emisiones verdes denominadas en dólares y euros concentran la mayor parte del saldo de este tipo de emisiones, en ambos casos algo en torno a los 5.000 millones, en cada caso, y las compañías norteamericanas concentran cerca del 20% de estas emisiones, seguidas de Francia y China con el 11%, Alemania y Holanda con el 9% y detrás de ellos, Suecia, Canadá, Noruega, India y también España.

A falta de estandarizarse

Hasta el momento, la práctica totalidad de las emisiones se han destinado a inversores cualificados, , fondos de inversión y de pensiones, aseguradoras, bancos y otros inversores institucionales. Sin embrago, no es descartable que en breve plazo se produzcan nuevas emisiones destinadas a particulares que quieran combinar la rentabilidad de sus inversiones con su sensibilidad y preocupación por el cuidado del medio ambiente y la preservación de los recursos naturales.

Aunque las emisiones de bonos verdes del Banco Mundial y algunos otros organismos multinacionales han obtenido un rating muy elevado, Triple A, y la mayoría de las emisiones corporativas logran mejorar la calificación de los bonos simples e incluso también el coste de la emisión, y, a pesar de que la Unión Europea y la comunidad internacional mantiene un debate acerca de la necesidad de algún tipo de norma, no existe una regulación ni unos estándares específicos que acrediten y califiquen a estos bonos como tales, más allá de sus destino para proyectos relacionados con las energías renovables, eficiencia energética, optimización del transporte y el uso de combustibles fósiles y otros destinos medioambientales.

Algunos emisores tratan de paliar de algún modo esta falta de estandarización acudiendo a agencias que, privadamente certifican emisiones, como Eiris Vigeo. Por su parte, Moody’s ha informado recientemente de un acuerdo con la ONG Climate Bonds para “avanzar en la fijación de estándares para la calificación de los bonos verdes”.

La evolución de este nuevo instrumento de financiación y la acogida que está teniendo entre analistas, gestores e inversores revela que estamos ante un fenómeno que está en el comienzo de un largo recorrido, con todos los semáforos “en verde”.

Juan Carlos Villanueva es Editor de la Guía de la FINANCIACIÓN EMPRESARIAL