El Popular, ante una compleja encrucijada

El Banco Popular ha pasado de ser el banco español más admirado y reputado por diferentes aspectos y ratios a ser el que concita mayores reservas y dudas sobre su futuro, su solvencia y su capacidad de enderezar el rumbo, seriamente desencaminado hasta ahora.

Quien te ha visto y quién te ve. En 1990, la prestigiosa revista Euromoney calificaba al Banco Popular como “el mejor del mundo” y todavía en 2002 le otorgaba el premio al mejor banco español. Sin embargo, desde 2007, en vísperas del comienzo de la crisis, año en el que la acción alcanzaba su precio máximo de 15,87 euros, su precio no ha dejado de caer hasta los 0,75 euros de la última sesión de la semana pasada, con una capitalización bursátil que superaba tan sólo los 3.100 millones de euros.

La evolución de la última década del Banco Popular y su paso por la crisis ha demostrado la excesiva dependencia que tenía de la gestión de Luis Valls, todo un icono de la autonomía en el ámbito bancario durante varias décadas, en las cuales el Popular pasaba por ser la “niña bonita” de la banca española y, en buena medida, protagonista de actuaciones que excedían o trascendían el ámbito financiero para introducirse en la influencia político-social.

Tras la controvertida gestión de Ángel Ron y el deterioro que el banco ha sufrido en los últimos años, la llegada de Emilio Saracho a la presidencia del banco ha sido recibida con una pérdida espectacular de valor bursátil. Podría parecer un signo de desconfianza, pero no lo es.

Emilio Saracho es un profesional reputado, con una dilatada experiencia en Corporate Finance, que había llegado a ser Vice Chairman de JP Morgan Chase & Co., uno de los bancos más acreditados internacionalmente. ¿Por qué entonces este contrasentido, la caída de la acción con su llegada? Precisamente porque ha sido claro en su diagnóstico y en sus reservas sobre la estrategia de futuro a adoptar para la salvación del banco.

Las opciones

Saracho tiene ante si dos grandes opciones: la fusión con otro banco o la autonomía, acompañada de un serio proceso de reestructuración. En un segundo plano, como complemento de estas dos opciones, aparece el dilema sobre una ampliación de capital, que sería la cuarta en cinco años y la segunda en un año, prácticamente.

La reestructuración ya ha comenzado con la congelación del proyecto de banco malo que había iniciado Ángel Ron. El recién nombrado consejero delegado, Ignacio Sánchez-Asiaín parece tener claros sus primeros pasos, a juzgar por sus comentarios iniciales señalando que el Banco Popular encierra dos tipos de banca distintos: uno de ladrillo, poco eficiente y otro de pymes, rentable.

Un análisis compartido desde hace tiempo por numerosos analistas, que consideran que entró tarde en el negocio hipotecario e inmobiliario, lo que le llevó a cargarse de activos dañados. Justo la estrategia contraria a la que le había valido en la década de los 90 ser considerado un banco modélico: haberse mantenido al margen de la inversión en Latinoamérica, cuya crisis tuvo altos costes para otros bancos.

“Queremos ser un banco de pymes”

Por ello, la llegada de los nuevos gestores ha venido acompañado de una declaración precisa de intenciones: potenciar el negocio de pymes y deshacerse del banco del ladrillo. El mismo Sánchez Asiain lo ha dejado claro: “En el futuro no queremos ser un banco inmobiliario, queremos ser un banco de pymes”. También ha manifestado su intención de vender activos como su participación en WiZink y su filial en Estados Unidos, el Total Bank.

La llegada del nuevo consejero delgado ha recogido una impresión positiva en los mercados. A Sánchez Asiain le une a Saracho el mismo perfil de profesionalidad, un profesional que ha echado los dientes en la Banca, no en vano, su padre, José Ángel Sánchez Asiain, fue presidente del Banco de Bilbao y uno de los banqueros que han aportado más a la modernización de la banca española. Ha ocupado cargos en distintas entidades bancarias como Kutxabank, BBVA y Abanca, antes de llegar al Banco Popular.

De hecho, su intervención reciente dando a conocer los deficientes resultados del primer trimestre ha tenido un efecto balsámico; la acción tras esta intervención subía casi un 10%, la primera buena noticia para los nuevos gestores.

La controvertida ampliación de capital

Sánchez Asiain ha enfriado aparentemente algo que se daba por inexorable, una nueva ampliación de capital, que, si finalmente se lleva a cabo, va a exigir toda la concentración y el esfuerzo de los nuevos gestores ya que se trata de una ampliación no para un nuevo proyecto, para crecer, para expansionarse o acometer nuevos mercados o áreas de negocio; sino para sobrevivir, una tabla de salvación. Por tanto, no solo significará una dilución de la participación de los anteriores accionistas sino una aportación arriesgada: a nadie le gusta poner dinero bueno sobre dinero malo”

El nuevo presidente ha matizado que serán las “exigencias regulatorias” las que marquen “cuál de las alternativas posibles”. En todo caso, se tomará aún unos meses hasta dibujar definitivamente el plan de reestructuración del Banco Popular. Los accionistas esperan inquietos.